Vivimos acosados por problemas inmediatos que nos exigen soluciones urgentes, y por ello nos hemos acostumbrado a movernos respondiendo, reflexionando y decidiendo ante la urgencia, sin embargo corremos el riesgo de que lo inmediato nos impida ver lo fundamental; los principios y los valores, lo que realmente da el sentido a nuestras vidas.

En el tema de la política, cumplimos con obligaciones como el votar, pero lo hacemos solamente en lo inmediato, el día de la votación, olvidando que el deber político tiene como objeto promover el bien común que es responsabilidad permanente de todos y todo el tiempo.

Los cristianos en México no se han distinguido por una participación política permanente, quizás por el impacto de la historia patria, que nos revela  problemas tan serios como la guerra que declaró el Presidente Elías Calles a los creyentes mexicanos.

El ser humano es el destinatario de las normas y las leyes que procuran la justicia, la seguridad, el bien común, valores que deben informar a todo sistema jurídico y político. Sin embargo se depende de que los gobernantes sean justos y garantes de esa justicia.

Cuando se impide la realización del hombre porque se atenta contra la justicia, la libertad y la seguridad, o no se dan condiciones para que cumpla con su destino humano temporal, se ve obligado a luchar por su derecho y el de su nación y no se puede sustraer a esa obligación.

Pareciera que en el caso de los católicos mexicanos hubiese una prohibición de participar en política, sin embargo no hay tal y han existido experiencias  importantes de la participación política de laicos comprometidos y también del clero.

En el inicio del siglo XX el país sufría una terrible descomposición del orden establecido, lo que provocaría que estallaran varias revoluciones sociales. La nación se debatía en una edad violenta enseñoreada por la intolerancia, el fanatismo, la ignorancia, la pobreza, la crueldad.

En ese entorno el sacerdote jesuita Bernardo Bergöend inspirado en los programas de Acción Liberal Popular de Francia, diseñó el proyecto de “Unión político-social de los católicos mexicanos”, que planteaba la realización práctica de la Doctrina Social de la Iglesia, partiendo de la famosa encíclica de León XIII “Rerum Novarum”. Su concepción política implicaba emprender una acción social tendiente a la disminución de las miserias e injusticias que pesaban sobre el pueblo, permitiendo que todos tuvieran salvaguardados sus derechos, y promoviendo una auténtica legislación social.

Esta Unión fue el antecedente del Partido Católico Nacional, que nació el 3 de mayo de 1911, su aparición se dio en el ya muy convulsionado escenario político mexicano, ese nuevo instituto político capitalizaba los esfuerzos de muchos católicos que intentaron introducir los valores de la revelación cristiana a la vida social, económica y política de México.

El partido tomó como lema: “Dios, Patria y Libertad”, denotando  una jerarquía de valores orientados primero al destino trascendental, con un gran compromiso social y patriota y una vocación libertaria.

Se sabe que entre los clérigos que apoyaron el proyecto estaba Monseñor Mora y del Río y entre los laicos se destacó la presencia de Miguel Palomar y Vizcarra, Manuel de la Hoz, Francisco León de la Barra y José López Portillo y Rojas.

El partido obtuvo, a pesar de fraudes electorales, los gobiernos de cuatro entidades, casi veinte curules y algunos municipios.

Eran momentos muy difíciles, pronto hubo divisiones en el partido, unos por escepticismo político, otros por una posición abstencionista o de boicot, divisiones que se cristalizaron cuando hubo necesidad de pronunciarse en relación de la imposición de Victoriano Huerta, a quien apoyaron para evitar un mal mayor, en especial ante la inminente intervención de los Estados Unidos.

Por su postura crítica al gobierno, el partido fue suspendido en 1914, quedando frenadas las labores de propagación de la doctrina social de la Iglesia en México.

La revolución carrancista bruscamente fijó su posición contra el clero,  manifestando un odio desmesurado,  atacó a quienes material o intelectualmente hubiesen ayudado al General Victoriano Huerta, y desarrolló una serie de actos persecutorios contra las autoridades eclesiásticas, sacerdotes, religiosos y religiosas. Baste decir que todos los obispos, con excepción del de Cuernavaca «que, por estar en territorio Zapatista, ejercía su ministerio con libertad», tuvieron que salir del país, y que doce clérigos y tres religiosos fueron asesinados al inicio del conflicto.

Dice el Lic. Jorge Adame Goddard que “Al faltar la jerarquía eclesiástica, el movimiento social quedaba sin sus guías y promotores, por lo que era natural que desfalleciera. Esto hace ver nuevamente la deficiencia de los seglares mexicanos, que no pudieron conservar, sin los obispos y sacerdotes, un movimiento cuyo desarrollo competía claramente a ellos y no a los clérigos”.

El partido se vio suspendido ya que al convocar Carranza a elecciones para el congreso constituyente de 1916, prohibió por decreto (del 14 de septiembre de 1916) que fueran diputados constituyentes «los que hubieran ayudado con las armas o servido en empleos públicos a los gobiernos o facciones hostiles a la causa constitucionalista»; la ley electoral del 19 de septiembre de 1916 excluyó la participación de los partidos políticos que «llevaran nombre o denominación religiosa o se formaran exclusivamente en favor de individuos de determinada raza o creencias».

Fue cuando formalmente desaparece el Partido Católico Nacional y con él lo que parecía la alborada de la democracia en el país.

Históricamente ha habido ausencias y presencias de los católicos en el plano político, por ello no extraña que actualmente intereses ajenos monopolicen la política nacional y se descuide el principal objetivo de la acción política: el bien común.

Los valores que no deben omitirse en la acción política son la verdad y el bien, y dentro de los bienes hay que colocarlos en su justa dimensión, primero el bien honesto-moral tanto natural como sobrenatural, y luego el bien útil y el bien deleitable, ese tendría que ser el orden.

México no puede ser mejor que los mexicanos que lo integramos, por lo que debemos buscar ser mejores y los católicos en especial debemos  dar testimonio político integral y solamente mediante ello se cristalizarán los principios de respeto a la dignidad de la persona humana, solidaridad, subsidiaridad, bien común.

El recuento de la actividad del partido excluido nos dice que es posible la acción política, y además deseable que el político responda al mundo en su carácter de imagen de Dios y testigo de Cristo.

La nobleza de la política se basa en su vinculación con el bien común. El conjunto de condiciones sociales de todo tipo, económicas, políticas, educativas, culturales, que permiten y favorecen el desarrollo positivo y la realización de las personas humanas constituye ese bien común, que se manifiesta como referente social posibilitador de perfeccionamiento humano.

Es sabido que el bien y el mal personal son inseparables del bien y el mal común: entre lo personal y lo común existe, para bien y para mal, una mutua inclusión, una correspondencia inquebrantable. Precisamente en relación con el bien común surge y se define la política.

Cuando nació el Partido Católico Nacional, exigía de los militantes un valor y fortaleza excepcional, iban contracorriente, sin embargo la respuesta de los partidarios fue estupenda, desgraciadamente esa actitud del pueblo generó más odio a la Iglesia de parte de los seguidores de las consignas anticristianas que dirigían al país, en esos años turbios.

La borrasca en que vivimos ahora, nos está anunciando tiempos convulsos en donde se requerirá nuevamente de la entereza de los católicos y quizás con el concurso de muchos se pueda enderezar la vida política nacional, orientarla al Bien Común, a la promoción de la solidaridad y de la subsidiariedad, al imperio de la Justicia, en suma a intentar el reinado de Dios en este mundo.

 

 Bibliografía

Adame Goddard, Jorge, El Pensamiento Político y Social de los Católicos Mexicanos 1867-1914 Editado por la UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1981.

Junco, Alfonso, Un siglo de México, de Hidalgo a Carranza, 3ª Edición, México,  Editorial Botas, 1946.

Pontificio Consejo « Justicia y Paz » Compendio  de la Doctrina Social  de la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, 2005.

 

Jorge Eduardo Yáñez Sánchez

Facebook: Exalumnos Escuela Cristóbal Colón Oficial

El Partido Católico Nacional, una posibilidad de aplicación de los valores en la vida política

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *